Podrá nublarse el sol eternamente;
Podrá secarse en un instante el mar;
Podrá romperse el eje de la tierra
Como un débil cristal.
¡todo sucederá! Podrá la muerte
Cubrirme con su fúnebre crespón;
Pero jamás en mí podrá apagarse
La llama de tu amor.
miércoles, 28 de enero de 2009
domingo, 25 de enero de 2009
LA CIUDAD (Constantino Kavafis, griego)
Dices: "Iré a otra tierra, hacia otro mar
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,
Y muere mi corazón
lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.
Donde vuelvo los ojos sólo veo
las oscuras ruinas de mi vida
y los muchos años que aquí pasé o destruí".
No hallarás otra tierra ni otro mar.
La ciudad irá en ti siempre. Volverás
a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad es siempre la misma. Otra no busques -no la hay-
ni caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra.
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,
Y muere mi corazón
lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.
Donde vuelvo los ojos sólo veo
las oscuras ruinas de mi vida
y los muchos años que aquí pasé o destruí".
No hallarás otra tierra ni otro mar.
La ciudad irá en ti siempre. Volverás
a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad es siempre la misma. Otra no busques -no la hay-
ni caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra.
martes, 6 de enero de 2009
ALEGRES ÉRAMOS (Elvio Romero, paraguayo)
Usted sabe, señor,
qué alegría colgaba en la floresta;
qué alegría severa
como raigambre sudorosa;
cómo el alegre polvo veraniego
fulguraba en su lámina esplendente,
cómo, ¡qué alegremente andábamos!
¡Qué alegremente andábamos!
Usted sabe, señor,
usted ha visto cómo
la lluvia torrencial sempiterna caía
sobre un textil aroma de bejucos salvajes
y cómo iba dejando con sus pétalos húmedos
su flora resbalosa,
su acuosa florería.
Usted sabe, señor,
cómo los sementales retozaban
hartos de florecer, jubilosos de hartazgo,
con qué poder la noche deponía
su amargura en la altura del rocío
tal como deponía la desdicha
su arma en las arboledas.
Usted sabe qué alegre
aflicción de racimos por las ramas
en frutal arco iris vespertino;
cómo alegres luciérnagas subían
a encender las estrellas,
a conducir azahares que estallaban
como emoción nupcial o lumbraradas.
Usted sabe, señor,
que antes de que aquí se enseñoreara
la pobreza, frunciendo hasta las hojas,
desesperando el aire,
bien sabe, bien conoce
que cualquier miserable aquí podía
fortificar un canto en su garganta,
en su pecho opulento.
(¡Cómo podías reír, muchacha mía!
Juvenil, ¡cómo izabas
una sonrisa fértil como un grano,
cómo te coronaban los jazmines
y cómo yo apuraba
mi vaso de fervor! ¡Qué alegres éramos!)
Antes, antes de la amargura,
antes de que sorbiéramos
un caudaloso cáliz de indigencias boreales,
antes de que amarraran los perfumes,
que en su reverso el sol guardase el hambre,
¡qué alegres caminábamos!
Antes,
antes de que el aura ofendieran,
de arrancar la raíz sangrándole los bulbos,
antes del mayoral, del tiro, antes del látigo,
qué alegría, señor,
¡qué alegremente andábamos!
qué alegría colgaba en la floresta;
qué alegría severa
como raigambre sudorosa;
cómo el alegre polvo veraniego
fulguraba en su lámina esplendente,
cómo, ¡qué alegremente andábamos!
¡Qué alegremente andábamos!
Usted sabe, señor,
usted ha visto cómo
la lluvia torrencial sempiterna caía
sobre un textil aroma de bejucos salvajes
y cómo iba dejando con sus pétalos húmedos
su flora resbalosa,
su acuosa florería.
Usted sabe, señor,
cómo los sementales retozaban
hartos de florecer, jubilosos de hartazgo,
con qué poder la noche deponía
su amargura en la altura del rocío
tal como deponía la desdicha
su arma en las arboledas.
Usted sabe qué alegre
aflicción de racimos por las ramas
en frutal arco iris vespertino;
cómo alegres luciérnagas subían
a encender las estrellas,
a conducir azahares que estallaban
como emoción nupcial o lumbraradas.
Usted sabe, señor,
que antes de que aquí se enseñoreara
la pobreza, frunciendo hasta las hojas,
desesperando el aire,
bien sabe, bien conoce
que cualquier miserable aquí podía
fortificar un canto en su garganta,
en su pecho opulento.
(¡Cómo podías reír, muchacha mía!
Juvenil, ¡cómo izabas
una sonrisa fértil como un grano,
cómo te coronaban los jazmines
y cómo yo apuraba
mi vaso de fervor! ¡Qué alegres éramos!)
Antes, antes de la amargura,
antes de que sorbiéramos
un caudaloso cáliz de indigencias boreales,
antes de que amarraran los perfumes,
que en su reverso el sol guardase el hambre,
¡qué alegres caminábamos!
Antes,
antes de que el aura ofendieran,
de arrancar la raíz sangrándole los bulbos,
antes del mayoral, del tiro, antes del látigo,
qué alegría, señor,
¡qué alegremente andábamos!
sábado, 3 de enero de 2009
DESNUDA (Roque Dalton, salvadoreño)
Amo tu desnudez
porque desnuda me bebes con los poros,
como hace el agua cuando entre sus paredes me sumerjo.
Tu desnudez derriba con su calor los límites,
me abre todas las puertas para que te adivine,
me toma de la mano como un niño perdido
que en ti dejara quietas su edad y sus preguntas.
Tu piel dulce y salobre que respiro y que sorbo
pasa a ser mi universo, el credo que me nutre;
la aromática lámpara que alzo estando ciego
cuando junto a las sombras los deseos me ladran.
Cuando te me desnudas con los ojos cerrados
cabes en una copa vecina de mi lengua,
cabes entre mis manos como el pan necesario,
cabes bajo mi cuerpo más cabal que su sombra.
El día en que te mueras te enterraré desnuda
para que limpio sea tu reparto en la tierra,
para poder besarte la piel en los caminos,
trenzarte en cada río los cabellos dispersos.
El día en que te mueras te enterraré desnuda,
como cuando nacistes de nuevo entre mis piernas.
porque desnuda me bebes con los poros,
como hace el agua cuando entre sus paredes me sumerjo.
Tu desnudez derriba con su calor los límites,
me abre todas las puertas para que te adivine,
me toma de la mano como un niño perdido
que en ti dejara quietas su edad y sus preguntas.
Tu piel dulce y salobre que respiro y que sorbo
pasa a ser mi universo, el credo que me nutre;
la aromática lámpara que alzo estando ciego
cuando junto a las sombras los deseos me ladran.
Cuando te me desnudas con los ojos cerrados
cabes en una copa vecina de mi lengua,
cabes entre mis manos como el pan necesario,
cabes bajo mi cuerpo más cabal que su sombra.
El día en que te mueras te enterraré desnuda
para que limpio sea tu reparto en la tierra,
para poder besarte la piel en los caminos,
trenzarte en cada río los cabellos dispersos.
El día en que te mueras te enterraré desnuda,
como cuando nacistes de nuevo entre mis piernas.
DESPEDIDA (Gabriel Celaya, español)
Quizás, cuando me muera,
dirán: Era un poeta.
Y el mundo, siempre bello, brillará sin conciencia.
Quizás tú no recuerdes
quién fui, mas en ti suenen
los anónimos versos que un día puse en ciernes.
Quizás no quede nada
de mí, ni una palabra,
ni una de estas palabras que hoy sueño en el mañana.
Pero visto o no visto,
pero dicho o no dicho,
yo estaré en vuestra sombra, ¡oh hermosamente vivos!
Yo seguiré siguiendo,
yo seguiré muriendo,
seré, no sé bien cómo, parte del gran concierto.
dirán: Era un poeta.
Y el mundo, siempre bello, brillará sin conciencia.
Quizás tú no recuerdes
quién fui, mas en ti suenen
los anónimos versos que un día puse en ciernes.
Quizás no quede nada
de mí, ni una palabra,
ni una de estas palabras que hoy sueño en el mañana.
Pero visto o no visto,
pero dicho o no dicho,
yo estaré en vuestra sombra, ¡oh hermosamente vivos!
Yo seguiré siguiendo,
yo seguiré muriendo,
seré, no sé bien cómo, parte del gran concierto.
viernes, 2 de enero de 2009
AMAR SIN SER QUERIDO (Manuel González Prada, peruano)
Un dolor jamás dormido,
una gloria nunca cierta,
una llaga siempre abierta,
es amar sin ser querido.
Corazón que siempre fuiste
bendecido y adorado,
tú no sabes, ¡ay!, lo triste
de querer no siendo amado.
A la puerta del olvido
llama en vano el pecho herido:
Muda y sorda está la puerta;
que una llaga siempre abierta
es amar sin ser querido.
una gloria nunca cierta,
una llaga siempre abierta,
es amar sin ser querido.
Corazón que siempre fuiste
bendecido y adorado,
tú no sabes, ¡ay!, lo triste
de querer no siendo amado.
A la puerta del olvido
llama en vano el pecho herido:
Muda y sorda está la puerta;
que una llaga siempre abierta
es amar sin ser querido.
sábado, 20 de diciembre de 2008
EL FRESNO (Ezra Pound, norteamericano) Traducción de Marcos Concha
Fui un débil y serio consejero
en todo sabio y anticuado;
pero renuncié a la indeferencia y estupidez
que la ancianidad usaba como engaño.
Yo era bastante imponente–al menos eso dicen-
los jóvenes en la esgrima;
pero renuncié a esta estupidez, estando contento
en otra manera que me sentía mejor.
Me enrosqué en los troncos del bosque de fresno,
escondí mi rostro donde el roble
desplegaba sus hojas sobre mí, y del yugo
de las antiguas sendas de los hombres me sacudí.
En la reposada laguna de Mar-nan-otha
enncontré mi novia
antaño era un árbol magnolio.
Ella me rescató de mis antiguas sendas
tranquilizó mi rencor de consejero
invitándome a alabar
nada más que el viento que palpita en las hojas.
Ella me sacó de mis antiguas sendas,
Tanto que los hombres dicen que estoy loco,
Pero he visto la aflicción humana, y estoy contento,
Porque se que la lamentación y la amargura son una estupidez.
Y yo? Me deshice de toda estupidez y pesar
envolví mis lágrimas en una hoja de olmo
y la dejé debajo de una piedra.
Y ahora los hombres me llaman loco porque lancé
toda la estupidez mía, expulsándola
de las antiguas sendas yermas de los hombres,
porque mi novia
es una laguna del bosque; y
aunque todos los hombres dicen que estoy loco
es solo que estoy contento-
muy contento, porque mi novia me ha dado un gran amor
que es más dulce que el amor de una mujer
que fastidia, quema y extravía.
Aie-e! Es cierto que estoy contento,
muy contento, porque está a solas conmigo
y ningún hombre nos molesta.
Una vez cuando yo estaba entre los jóvenes
Y decían que yo era fuerte, entre los jóvenes...
Había una mujer...
... pero olvido... era...
... espero que no venga otra vez.
... no recuerdo...
creo que me hirió una vez, pero
eso fue hace mucho tiempo atrás.
Yo no quiero recordar cosas nunca más.
Yo quiero una bandita de viento que sople
aquí en los fresnos:
porque estamos a solas,
aquí entre los fresnos.
en todo sabio y anticuado;
pero renuncié a la indeferencia y estupidez
que la ancianidad usaba como engaño.
Yo era bastante imponente–al menos eso dicen-
los jóvenes en la esgrima;
pero renuncié a esta estupidez, estando contento
en otra manera que me sentía mejor.
Me enrosqué en los troncos del bosque de fresno,
escondí mi rostro donde el roble
desplegaba sus hojas sobre mí, y del yugo
de las antiguas sendas de los hombres me sacudí.
En la reposada laguna de Mar-nan-otha
enncontré mi novia
antaño era un árbol magnolio.
Ella me rescató de mis antiguas sendas
tranquilizó mi rencor de consejero
invitándome a alabar
nada más que el viento que palpita en las hojas.
Ella me sacó de mis antiguas sendas,
Tanto que los hombres dicen que estoy loco,
Pero he visto la aflicción humana, y estoy contento,
Porque se que la lamentación y la amargura son una estupidez.
Y yo? Me deshice de toda estupidez y pesar
envolví mis lágrimas en una hoja de olmo
y la dejé debajo de una piedra.
Y ahora los hombres me llaman loco porque lancé
toda la estupidez mía, expulsándola
de las antiguas sendas yermas de los hombres,
porque mi novia
es una laguna del bosque; y
aunque todos los hombres dicen que estoy loco
es solo que estoy contento-
muy contento, porque mi novia me ha dado un gran amor
que es más dulce que el amor de una mujer
que fastidia, quema y extravía.
Aie-e! Es cierto que estoy contento,
muy contento, porque está a solas conmigo
y ningún hombre nos molesta.
Una vez cuando yo estaba entre los jóvenes
Y decían que yo era fuerte, entre los jóvenes...
Había una mujer...
... pero olvido... era...
... espero que no venga otra vez.
... no recuerdo...
creo que me hirió una vez, pero
eso fue hace mucho tiempo atrás.
Yo no quiero recordar cosas nunca más.
Yo quiero una bandita de viento que sople
aquí en los fresnos:
porque estamos a solas,
aquí entre los fresnos.
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